Posts tagged ‘silencio’

diciembre 15, 2010

Crónica de un gesguace

por Ciclista Viajero

Sábado de tarde: la noche se apronta y con ella el circular de peatones haciendo barullo de festividades nocturnas. Alguien ata e inmoviliza una bicicleta a un árbol de la calle peatonal, contiguo al kiosko de revistas. La linga y el candado golpeando el cubrecadenas acompañan un breve instante al ruido general.

 

Domingo de mañana: el kioskero ofrece a viva voz el diario con el suplemento futbolero a los transeúntes. La bici sigue allí, esperando dócil, en contraste mañanero con los apurados por comprar avisos clasificados.

 

Domingo de tarde: los negocios están ahora cerrados y la calma reina en el lugar. No hay quien transite por allí. La bici sigue esperando, ya en síntonía con la quietud. Tampoco podría romperla aunque quisiera. No tiene su rueda delantera.

 

Lunes de mañana: El ruido vuelve. El kiosquero, los clientes, los locales, se suman en una sinfonía caótica. La bicicleta aún sigue allí. La vorágine del inicio de semana arrastró su rueda trasera.

 

Martes de mañana: Una bicicleta ya sin asiento y amputada amanece en la ciudad.

 

Innecesariamente atada, no puede moverse.

 

 

BiciNauta.

 

Si lo desea, puede dejar su comentario. Es bienvenido.

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noviembre 30, 2010

Coya, puna y bicicleta

por Ciclista Viajero

Me parece que hoy haré mi buena obra del día… Para mí que pinchó. Esta muy lejos el próximo paraje. Deben ser casi 12 km… No va a andar de gusto” pienso y hablo incesantemente conmigo mismo hasta tanto no me saque la duda al llegar a él, que caminaba al costado de la ruta.

– “Buenas tardes, ¿Precisa ayuda?”

– “No… gracias”

– “¿No pinchó o se le rompió algo?”

– “Ya llego a casa…”

– “¿Me deja ver la rueda? Yo tengo inflador, parche, herramientas”

– “Estoy ahicito nomás”

No se porque insistí en ayudar. Tomé su bicicleta casi sin respuesta y empecé a ver si podía repararla. Creo que era mas el silencio del coya aquél, que su desesperación por caminar 12 km empujando la bici. Y a mi me desesperaba mas lo segundo que lo primero.

– “No está pinchada, tiene roto el gomín”

– “Ahh…”

– “Si no le molesta, se lo reparo como puedo, va a quedar mas o menos pero le va a dar para llegar a su casa”

– “Bueno”

Creí escuchar un agradecimiento en su tono, pero era mas fuerte el sonido del viento puneño que baja siempre desde la montaña al atardecer. Y continué reparando, en silencio.

– “Ya está, debe aguantar ahora”

– “Sí”

– “Yo voy para el mismo lado, si le parece y usted me deja lo acompaño hasta el pueblo, asi me quedo tranquilo que no se le desinfle”

Él tenía inflador, pero estaba maltrecho…

– “Bueno”

Los 12 km fueron silencio y algunas palabras. Pero la compañía no era charlada, era en presencia. En medio del viento giraba mi cabeza para verlo y controlar su rueda. Él me sonreía apenas.

Al llegar me despedí sin esperar gran respuesta, pero su invitación a tomar algo caliente a su casa fue el “gracias” que no dijo nunca en palabras…

El viento suele sonar mas fuerte que la voz del coya, pero éste sabe dar un abrazo sentido a través de la calidéz de un simple mate cocido.